viernes, 18 de mayo de 2012

Aquí no ha muerto nadie


La noticia más importante de esta semana y de muchos días por venir, fue la muerte de Carlos Fuentes. Una pérdida que no sólo se siente en el mundo de las letras, sino en todos los ámbitos. Un hombre que nos representaba con grandeza y con categoría en todo el mundo. La Fiesta Brava lo lamenta especialmente. Fuentes abordó este tema con una gran profundidad, objetividad y comprensión de su importancia en la fusión cultural entre España y México. Los conceptos plasmados en su libro “El Espejo Enterrado” son de una exquisitez absoluta. De aquí extraigo algunos párrafos:
 - “Quizás todas las demás derivaciones del símbolo taurino no sean, al fin y al cabo, sino una especie de nostalgia de la tauromorfosis original: poseer la fuerza y fertilidad del toro, junto con la inteligencia y la imaginación del ser humano”.
- “Los primeros iberos llegaron hace más de tres mil años, dándole a toda la península su nombre duradero. También dejaron su propia imagen del toro guardando los caminos del ganado, protegiendo una ruta que nos lleva hasta el primer gran lugar común de España, la plaza de toros”.
- “ En la plaza de toros el pueblo se reúne, en lo que una vez fue un rito semanal, el sacrificio del domingo en la tarde, el declive pagano de la misa cristiana”.
- “La corrida, una misa de luz y sombras, teñida por el inminente crepúsculo”.
Y siguiendo con el tema de Fuentes y la Fiesta Brava, hay un libro que leí hace mucho, “Constancia y otras novelas para vírgenes” que contiene un relato que me dejó huella. Fuentes mezcla al personaje de Goya con Pedro Romero, todo envuelto en un escenario tan mágico como Ronda. Presencias que, entre sombras y obscuridades, conviven y dialogan, en una dimensión tan cercana y tan lejana a la nuestra. La historia de un torero que, según el relato de Fuentes, sólo tuvo una tarde gloriosa en toda su vida, y esa tarde le bastó para alimentarse por siempre. Una historia que, entre figuras espectrales, nos deja ver el aspecto más humano de un hombre que podría ser cualquiera.
La muerte de Carlos Fuentes fue benévola. Llegó a hora prudente, ni antes… ni después. Una muerte que lo sorprendió trabajando, recién terminado un proyecto y con otro por iniciar. Una muerte indulgente, oportuna, esa que convoca con elegancia.
Carlos Fuentes está en cada página que se lea de él y en cada libro que haya marcado nuestra vida. Los únicos muertos son aquellos que se han negado el privilegio de enriquecer su espíritu a través de sus letras.

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